Macanche
A los ocho años supe que mi padre había sido jesuita. Durante casi dos décadas vivió bajo las reglas de la Compañía de Jesús, y cuatro de esos años los pasó como misionero en la Amazonía peruana. De aquel tiempo trajo a casa dos objetos que marcaron mi infancia: la piel de una macanche —la boa amazónica— y una lanza awajún. Durante años fueron reliquias familiares cargadas de misterio, símbolos de una selva lejana y de un origen que nunca terminaba de entender.
Cuarenta años más tarde decidí seguir su rastro. Viajé a San Ignacio, a Cajamarca, a los ríos que forman el Amazonas; recorrí los caminos que él anduvo a lomo de mula; conviví con las comunidades awajún, que hoy mantienen vivo su idioma, su cosmovisión y su lucha por el territorio. Ese viaje se convirtió en un diálogo entre la memoria de mi padre y la realidad presente de un pueblo que resiste.
Las fotografías que conforman MACANCHE trazan un puente entre tiempos y mundos distintos: retratos familiares de archivo junto a carreteras que cruzan los Andes, celebraciones religiosas mestizas junto a escenas cotidianas en las aldeas, el rumor del Amazonas y el silencio de las habitaciones donde mi padre vivió. La serpiente, con su capacidad de mudar de piel para seguir existiendo, se erige en metáfora de la memoria y de la identidad.
























